CAMIONERO BOCACHANCLA
Mi amiga Sara era muy mona; era normal, con cuerpo normal, medidas de mujer normal. Así, mona. Tenía un perro, Spike; un perro normal, de tamaño normal, de raza cruzada normal. Así, mono. Hacían buena pareja, un buen dúo.
Sara había crecido en una sociedad cruel y patriarcal en la que el culto al cuerpo era obsesivo y las modelos eran esqueletos andantes, animadas por los machirulos de turno. Las mujeres en aquella sociedad eran floreros, objetos sexuales, nada andante, ausencia de masa gris. O eso era lo que los hombres querían de ellas; de nosotras. Mi amiga Sara y yo somos de la misma generación de mujeres devoradoras de mujeres. ¿Por qué? A saber… Envidia, aburrimiento, complejo, taradez mental. Somos una mayoría social que contamos menos que la minoría más menor y encima nos puteamos entre nosotras, del rollo: si eres guapa; te critico, si tienes éxito; te critico, si eres fea; te critico, si tienes dinero o no tienes; te critico. Si eres mujer; te critico y te piso yo, mujer. Un asco, vamos.
Pues la abuela de Sara le dio por meterse con su culo. Sara no tenía un culo pequeño ni tampoco enorme. Tenía un culo respingón, de avispa, del tipo que pone nerviosos a los hombres y parece ser una amenaza para las mujeres. Conclusión: todos se lo criticaban: los unos por miedo y deseo y las otras por envidia. Sara tenía un complejo de culo del tamaño de una plaza de toros (no el culo, el complejo). Su abuela y su continuo “niña, qué culo gordo tienes”, “tú, culo gordo”; la habían destrozado de por vida. No soportaba su culo. Con el tiempo, lo aprendió a ignorar. Más tarde, vio que a los hombres, bueno, concretamente a sus amantes, parejas, novios, rollos, etc. les encantaba; es más, era el objetivo de su flecha. Cosa que ella siempre les negó. Entre su complejo y su educación católica, no le parecía una diana apropiada, como tampoco su cavidad oral. Pero eso es otra historia.
Sara y su complejo tocaron fondo ayer mismo. Así, de improvisto, sin línea de vida, toda ella cayó en el pozo del complejo que lo arrastró hasta el fondo de su abismo vital. Como un ermitaño o un caracol o la tortuga más careta careta que haya al notar el aguijón verbal de aquel desgraciado se escondió en su caparazón a lamerse las heridas.
La encontré fatal. Su llamada me dejó una sensación rara, así que la fui a ver para que me lo contara. Tardó en abrir la puerta y tardó más en abrirse a mí. Desesperada, abrí y la encontré desecha. Somos íntimas, por lo que lo de su abuela y su tema posterior ya me es conocido. Me contó que salió a pasear a Spike y a tirar la basura, como cada día. Los contenedores estaban al otro lado de la carretera, para llegar hay un paso de cebra regentado por un semáforo que tarda siglos en ponerse verde, por lo que ellos calculan la distancia y velocidad entre coches o aprovechan el rojo que los para para pasar aunque el semáforo peatonal esté rojo. Esa mañana, Sara y Spike esperaron el momento justo. Una fila de vehículos parados les permitía el paso atravesando la fila por el paso de peatones que los vehículos respetaban; por suerte estaba elevado como la joroba de un dromedario, aunque su semáforo seguía rojo. En ese preciso instante en que todo parece estar ok, pasaron. Al dar un par de pasos por el paso de peatones, un camionero gilipollas y bocachanclas, encendido por el calor y el trabajo de aquella mañana primaveral, les recriminó a Sara y a Spike la violación de la luz roja peatonal. Sara, manteniendo la calma le indicó con el brazo que él tenía rojo; por lo tanto, tenía que pararse, y tanto le daba si Sara y Spike pasaban delante de su camión o no, porque ya estaba ahí parado. El hombre se agoriló y empezó a insultar a Sara desde su cabina con la ventana medio cerrada hasta que la pobre oyó claramente dos de sus improperios: “Gilipollas” y, el que le partió el alma, “Culo gordo”. Tal cual.
Ella empequeñeció, recordó a su abuela con esas mismas palabras “culo gordo”, una gracia o no, que ella recibió, una vez y otra, como puñales en el pecho: una persona de su entorno familiar la insultaba. Imperdonable. Sara, pequeña y muda junto a Spike, en medio de ese paso de peatones, solo pudo girarse hacia el conductor y clavarle la mayor y digna peineta que pudo. Solo eso. No fue suficiente para restaurar su dignidad herida, su complejo lacerado volvía a sangrar, su autoestima dañada de nuevo. El famoso “Culo gordo” sonaba como un eco en todo su ser durante todo el paseo. Spike lo notó, vio a su dueña desmoronarse, quemarse viva a cada paso con el ardor de su eco en su interior. La garrapata del complejo volvía a succionarle el ser. No hay derecho. Más tarde, se le ocurrieron mil cosas para responder a aquel cretino: “picha floja”, “impotente”, “culo gordo, tu madre”, “ya te gustaría mi culo gordo en tu cara, mamón”. Era tarde. La escena ya había perecido y el daño, como un virus mortal, ya se había inoculado en ella. Esa paparra maldita. Sara, como una perra herida, se acurrucó con Spike en el sofá, donde me la encontré maltrecha.
@Carme Folch, 2026
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